A veces me creo escritor. Pero como muchas otras cosas, ese oficio me queda grande. O por lo menos eso pienso yo. A veces me pongo a escribir, para luego no terminar. En tiempos inmemoriales los escritos quedaban en libretas llenas de polvo que solían encontrar por si solas el camino hasta el basurero más cercano. Pero ahora esos escritos malformados suelen encontrar su camino a recovecos digitales, y cual esqueléticos fantasmas me sorprenden al encontrarlos de cuando en vez. Me llenan la mente de culpa por no haberlos hecho nacer del todo. Aquí les traigo dos principios, ojo son dos principios sin final...
Marta, La Caimana
La circunferencia del cigarrillo en sus labios la molestaba. Le parecía insuficiente.
"Yo a ti te conozco...", dijo un fallido interlocutor.
Su cerebro no registró sonido alguno. No porque el alcohol se hubiese apoderado de sus sentidos, sino porque se encontraba en uno de esos momentos donde ningún ser humano podía entrar a su conciencia. Miró los restos del limón dulce que zozobraban en el trago. De momento sintió ganas de chupar mil limones agrios; pero con el abandono que solo unas cuantas veces había experimentado en su vida. Aquella vida llena de abandonos.
El próximo es más largo. Y aunque lo diga yo mismo, me parece que es mucho más interesante.
La Confesión de Estela Méndez - Prólogo
Áldama extinguió su cigarrillo, ahogándolo con índice y pulgar, en el curvo océano del cenicero de metal grisaseo, pardo.
Estela Méndez estaba sentada frente a el. Una mesa, también de metal pero con un tope de falsa madera, los separaba. En un extremo de esta, el cenicero; en el otro una grabadora. Un resplandor fantasmal iluminaba la habitación, pero poco penetraba en el velo de encaje negro que caia en cascada sobre el rostro de la viuda.
Áldama hubiese ofrecido cigarrillo. Y así, pudiese haber visto mejor la cara de la viuda. A cualquier otra le hubiese dicho que se quitará el sombrero, que quería ver su rostro mientras le hablaba. A cualquiera otra, más no a esta. Por otro lado, ofrecer un cigarrillo a un sospechoso es la manera más fácil de establecer una relación con este. Aun cuando en la habitación las etiquetas de ley y criminal estuviesen firmemente establecidas, fumar un cigarrillo... Une. Intercambiar humo, como una si fuese una copulación incorpórea, podía crear lazos entre seres disimiles. Pero Áldama sabia que la Señora Méndez no caería en trampas sicológicas tan sencillas y baratas.
Cerró sus ojos. Y mientras concentraba su atención en escuchar, pensó en tres palabras para definir a la viuda: peligro, coraje, pasión. Se sorprendió de su intuición. Ciertamente ninguna otra viuda le hubiese ganado tal definición. Mucho menos aquella viuda que tocaba ya las puertas hacia un medio siglo de existencia. Aquella viuda que había vivido veinte años con el prófugo más buscado, y que había conocido al rebelde más conocido de esta patria.
No dudaba ni un segundo que sería difícil obtener una confesión de aquella mujer, amante, esposa, amiga, espía, asesina...
Como ven, los dos envuelven a un personaje femenino. A mi me parece que uno de los mayores retos para un escritor es crear un personaje femenino verdaderamente creíble y no una caricatura de femineidad y sexualidad. También me parece interesante que los dos incompletos envuelven el acto de fumar, cosa que yo nunca he hecho en la vida.
Creo que me haría bien una critica constructiva...









